D. José Gabriel

Buf. Cuánto tiempo he tenido abandonado El Pensadero… en fin, la vida da para lo que da.

Pongo ahora unas líneas, al volver de la Misa de Exequias y entierro de D. José Gabriel. No podía estar en todos los actos de hoy, día 10 de octubre, y he optado por estar en Ayete de nuevo, en las ceremonias más íntimas, y perderme (con gran pena) el funeral de esta tarde. Funeral que, según parece, va a estar presidido por el Sr. obispo de San Sebastián, D. José Ignacio Munilla: otro motivo por el que me gustaría estar.

La razón que me mueve a escribir esto es obvia: el agradecimiento. En el hilo de mensajes de Facebook que inició Willy se han ido poniendo diversas cosas, cada uno ha volcado un poco de sus recuerdos, etc. Me parece que hay un algunos puntos en común: el agradecimiento a él, a Dios, y el convencimiento de que tenemos en el cielo un poderoso intercesor.

En realidad mi intención al subir este post es transcribir un breve texto que han puesto los de Ayete en el recordatorio que han entregado esta mañana (alguno, audazmente, lo ha llamado “estampa”; me parece que todavía no lo es…). Lo pongo especialmente para todos aquellos que no puedan acudir a alguno de los actos de hoy y, por eso, posiblemente no vean ese recordatorio. En una cara de la tarjeta hay un retrato simpático de D. José Gabriel en el que tiene su sonrisa de siempre. En la otra cara, pone lo siguiente:

Don José Gabriel Zaragüeta Elgorriaga nació en Irún en 1930, y siempre fue muy de Irún. Siendo estudiante universitario decidió entregarse a Dios en el Opus Dei, la víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción. Fue un amor a primera vista (acababa de conocer la Obra), que duró y creció toda su vida. Terminada la carrera se preparó y se ordenó sacerdote.

Durante más de cincuenta años sirvió con alegría a los demás. Predicó haciendo pensar, reír, desear y cambiar. Fue feliz siendo Cristo y dándose como tal en la celebración de la Eucaristía y en el Sacramento de la Confesión. Amó mucho a la Santísima Virgen María. Disfrutó con las cosas sencillas. Y con esa misma sencillez enfiló en su enfermedad el camino del Cielo, donde es capaz de distraer a los Ángeles con un buen chiste mientras se cuela hasta al lado de Dios para hablarle de nosotros“.

Me ha parecido muy bonito y tremendamente adecuado. Por eso lo pongo aquí; no he querido que nadie se lo pierda…

Descanse en paz, D. José Gabriel. Descanse, no: descansa; ya descansa, sin duda. Acuérdese de hablarle a Dios de los que todavía estamos por aquí, que nos vendrá de maravilla, y échenos el “gancho” para que un día volvamos a verle, ya en compañía de la Trinidad Santísima (en el Cielo, la luz directa de Dios ni “achicharra” ni “machaca”) y de la Virgen, a la que usted tanto quería y con la que ahora estará disfrutando “estupendamente”.

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Acerca de Juan

Con los ojos abiertos, ¡y con poco tiempo!
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