Hablemos de programa (I): La tiranía

“Hablemos de programa”, repetía con gran frecuencia el carismático Julio Anguita cuando le preguntaban si estaría dispuesto a pactar con tal o cual fuerza política. Y es un buen planteamiento, porque supera afinidades personales, fobias o filias hacia las personas concretas que presentan las distintas siglas políticas, y se fija en la futura acción de gobierno. Es decir, en qué se está dispuesto a hacer, hasta qué punto se está dispuesto a negociar posturas, etc. ¿Podemos gobernar juntos?; dependerá de que seamos capaces de ponernos de acuerdo en algunas cosas, de dónde esté nuestro suelo negociador, de qué cosas entendemos como opinables, modificables, concesibles por un bien superior como es la unidad en el gobierno, etc. Bueno, pues como Anguita, “hablemos de programa”. Pero esta vez de una forma genérica. Programas electorales de los partidos políticos.

Desde hace unos años, y más todavía (me parece a mí) desde que entró el gobierno de Mariano Rajoy, está creciendo notablemente el protagonismo del programa electoral como contraste de la acción de gobierno. Me parece lógico. El acto de la votación se puede entender como un pacto entre la ciudadanía y las candidaturas políticas: ellas presentan un determinado programa de gobierno y en eso se basan los ciudadanos para decidir su voto (si el proceso fuera realmente racional, claro, cosa que raramente sucede en nuestro país).

Por tanto, el gobernante debe procurar la coherencia, valor especialmente sensible y necesario en este ámbito ya que es una manifestación necesaria de lealtad hacia las personas que han depositado su confianza en esa opción, especialmente cuando se admite que las soluciones planteadas responden a concepciones de fondo. El obrar sigue al ser (una y otra vez, los clásicos), y el programa de actuación necesariamente será un reflejo de los planteamientos de fondo, papel de la política, visión del mundo y del hombre, que tenga el partido o colectivo que lo proponga

Por contra, en muchos aspectos el programa electoral no se puede considerar como un dogma rígido, ya que el devenir de los acontecimientos puede hacer que alguna propuesta de ese programa de hecho quede obsoleta o sea incluso contraproducente dentro de la propia legislatura. Las circunstancias son caprichosas, no se puede prever todo. De hecho, a veces ni siquiera se puede prever lo que pasará poco tiempo después de unas elecciones ya que una candidatura que entra a gobernar habiendo estado antes en la oposición quizá no conozca con exactitud lo que le ha dejado el gobierno anterior (como tristemente sucedió en el relevo ZP-Rajoy). Sería absurdo pretender que un gobierno tome decisiones siguiendo al pie de la letra su programa electoral sin tener en cuenta las circunstancias del momento: no se puede gobernar una situación pasada; hay que gobernar el presente mirando al futuro.

Esto lleva a cuestionarse qué es lo que, en realidad, votamos en cada cita electoral; ¿se vota un programa, o se vota a un equipo de personas?.

En mi opinión, la respuesta es clara: se vota a un equipo de personas, que han manifestado previamente unas intenciones de fondo y de detalle. La ciudadanía no necesita simples “gestores de programa”, autómatas aplicadores de políticas previamente acordadas. Necesita gobernantes, en el más noble sentido de la palabra: personas preparadas, y capaces de tomar decisiones acertadas. En este sentido, el acto de votar sería más bien la manifestación de la confianza en unas personas y en sus intenciones, más que el pacto sobre unas políticas concretas.

Por los motivos mencionados más arriba, si bien es necesario ser fiel al cumplimiento del propio programa electoral, no es menos cierto que no tiene ningún sentido constituir, como se está haciendo últimamente, una especie de “tiranía del programa”, según la cual un gobierno debería dimitir en bloque por el hecho de no haber seguido al pie de la letra su programa electoral. Esto no tiene ningún sentido. Si bien hay que pedir al gobierno coherencia con su programa, parece que debería prevalecer la confianza en el equipo, ya que se pueden dar y de hecho se dan circunstancias que hacen inviable o contraproducente seguir determinadas políticas programadas.

Ahora bien, esta confianza no es gratis, no se da por supuesta, no es porque sí.

En cuestión de programa electoral, huyamos de las propuestas plúmbeas, interminables y maniáticamente detalladas. A mí me basta con saber “por dónde va” cada opción política en algunos temas nucleares: modelo de estado, libertades ciudadanas, política territorial, educación, fiscalidad, sanidad,… que me digan por dónde van en cada una de estas áreas y que luego sean consecuentes con esas líneas de gobierno. Y si no son consecuentes en esos puntos nucleares, entonces, sí, que dimitan o que se preparen para dar muchas explicaciones. Las política concretas se las dejo a ellos, que para eso les voto, y les pago (aunque esto de los sueldos públicos daría para mucho).

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Con los ojos abiertos, ¡y con poco tiempo!
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