Desde Tenerife (II): el techo de España

En lugar de contar otras cosas de mi curso anual, dedico la siguiente entrega por entero a la segunda excursión que he hecho durante estos días: la ascensión al Teide.

El miércoles 20, día de San Sebastián, mientras que en mi patria chica estaban celebrando al santo patrón con tambores y barriles, y en el grupo de Whatsapp familiar iban y venían las fotos con aire koxkero, volvimos a irnos por ahí de excursión y esta vez fue buena de verdad. El Teide, techo de España.

Monte Perdido tiene 3.355 metros, el Aneto 3.404, mulhacén (el segundo más alto) 3.479… y el Teide tiene 3.718 metros de altitud. Y para ahí nos fuimos.

Para subir a lo más alto del Teide hay que contar con un permiso especial, pensado con el objeto de limitar el número de personas que suben allí cada día; y hete aquí que este año la cosa ya estaba mal para todos los días que vamos a pasar aquí, así que la excursión al Teide perdía aliciente. Mas, pero, aunque, sino, sin embargo (las conjunciones adversativas), no es necesario contar con permiso para subir cualquier día si se llega antes de las nueve de la mañana, con lo que el plan se fue pergeñando poco a poco: ¿y si subimos para ver amanecer desde allí?,… sonaba muy bien. Y finalmente optamos por la posibilidad más descansada y más bonita (más cara), que es hacer noche en el refugio de Altavista, a 3.260 metros de altitud, el alojamiento más alto de España. La otra opción era hacer toda la ascensión de noche, comenzando a las… ¿dos de la mañana?; un poco locura, aunque hay gente que lo hace.

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Foto tomada en la zona de Montaña Blanca. Ya asomaba la luna, que se puso pronto, por lo que la ascensión matutina comenzó en la más total oscuridad.

Diez personas, en un par de coches. La cuestión es llegar en coche hasta una altitud de unos 2.100 metros, más o menos donde está la base del teleférico del Teide, y desde ahí comenzar la ascensión. Hay tres partes claramente diferenciadas en la subida: primero, Montaña Blanca, que es una amplia zona sembrada sobre todo de piedra Pómez, muy fina en algunos sitios, y con una pendiente media pequeña: 7%, aunque con algunos puntos de hasta un 12%. Después viene un segundo tramo de pendiente mucho más dura y terreno más difícil, que es la correspondiente a las últimas erupciones y es en la que está el refugio. Y por último, el cono final para llegar al cráter del Teide, que es como subir unas escaleras para salvar un desnivel de 165 metros.

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Subiendo hacia las Cañadas del Teide.

Salimos de casa hacia el parque nacional del Teide a la una del mediodía, con alguna parada intermedia para poder disfrutar de las vistas. Tuvimos mucha suerte con los dos días que comprendió la excursión, que salieron muy despejados y con el aire muy claro; las vistas eran espectaculares.

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Roques de García, en las Cañadas del Teide.

Antes de llegar al lugar donde dejaríamos los coches, paramos en la zona de los Roques de García, justo enfrente del Parador del Teide, que a todos los que hemos vivido la última época de la Peseta nos resultan familiares porque aparecían en el último billete de mil pelas de curso legal. Al llegar arriba dejamos los coches y comimos algo. Eran ya las dos y media del mediodía, y comenzamos la ascensión hacia las tres y media de la tarde. Cogimos un buen ritmo desde el principio.

Al poco tiempo de comenzar la marcha, dos de nuestros expedicionarios conocieron a un donostiarra que también estaba subiendo, Markel, triatleta que ha pasado unos días en el Teide para prepararse para alguna prueba. Se unió prácticamente a nuestro grupo. Un poco después conocimos a Iñigo y Alazne, él de Bilbao y ella de Erandio, con los que también hicimos buenas migas, sobre todo desde que Iñigo se enteró de que uno de los nuestros, Javi, bilbaino de pro, se había subido… ¡¡una tablet para intentar ver el partido del Athletic en el refugio!! y dijo haberse olvidado la camiseta. Animado por tan grandes manifestaciones de forofismo, Iñigo confesó que, para pasar unos días en Canarias como Dios manda, se había traído lo único que no le puede faltar a uno en esta vida: el carnet del Athletic, y que lo llevaba encima en ese momento. La monda.

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Parón antes de emprender el segundo tramo de la subida. Ignacio, Juanri, Santi, Pablo, Alex, Javi, Setu y el menda. Nos faltan Julio y Vicente, que estaban ya subiendo.

Entre el tramo de Montaña Blanca y el siguiente, hicimos un pequeño parón de avituallamiento y emprendimos el ascenso del siguiente tramo, más duro. Se fueron haciendo grupos de forma natural, según el ritmo de cada uno. Pero todos conseguimos llegar al refugio sin problemas en un tiempo más que razonable: la peña está en forma, ¿¿salvo quizá alguno que otro, Vicente??, jeje.

Y llegó la noche memorable, la noche de las noches, la que pasamos en el alojamiento a mayor altitud de España. Y se notaba, vaya si se notaba: ¡¡no pegamos ojo!!. Esto es un efecto conocido de la altitud y la pequeña falta de oxígeno que ya se empieza a dar a esa altitud. El corazón a un mayor ritmo de lo habitual, una cierta sensación de incomodidad… total, que dormir, lo que se dice dormir, más bien poco; se pasa la noche en un duermevela en el que caes y sales periódicamente. Se descansa, claro, pero menos de lo normal. Tuvimos suerte porque en el refugio hay una habitación de diez camas, y lógicamente nos la dieron (éramos diez, justamente).

Nos avisaron de que en el refugio hay una cocina en la que se pueden calentar cosas. No nos conformamos con eso: fuimos bien aprovisionados con salchichas y su vino blanco correspondiente, para el segundo plato de la cena. Y un par de botellas de tinto para acompañar. Nosotros éramos diez, en el refugio había otras veinte personas más o menos, y la verdad es que todos estaban alucinados con nuestras salchichas camperas, hechas en vino blanco y con bien de especias, que nos supieron a gloria en ese momento.

La mañana del día 21 yo amanecí a las cinco, un poco antes que el resto, para empezar a preparar las cosas del desayuno: calentar la leche, poner la mesa, sacar las cosas (bizcocho, sobre de Cola Cao, etc.)… y ponerme pronto a calentar el aceite para el huevo frito que nos metimos entre pecho y espalda, y con el que el resto de huéspedes del refugio volvieron a alucinar.

Salimos hacia la cumbre a las seis y cuarto, y llegamos más o menos en hora y cuarto. Estábamos en la cima para las siete y media, y el amanecer estaba “anunciado” para las ocho menos diez. Desde un poco antes de las siete ya empezó a clarear ligeramente, pero antes estaba totalmente oscuro, no había luna, y fuimos a base de linterna. Conste que tiene mérito no perderse en esas condiciones…

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Se puede apreciar la humareda provocada por las emanaciones del volcán.

Ya desde el comienzo del cono del Teide, el último tramo, se empieza a advertir un “olorcillo” desagradable, producido por las emanaciones gaseosas del propio volcán; se van viendo pequeñas fumarolas aquí y allá. Las emanaciones están compuestas de vapor de agua, dióxido de carbono y compuestos de azufre (de ahí el mal olor…), y en la cumbre del cráter son considerables, como se puede ver en alguna foto.

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Amanecer desde el Teide. La isla que se ve es Gran Canaria.

El amanecer desde el Teide es algo espectacular. Supongo que la épica de subir hasta allí de amanecida, todavía con oscuridad… algo tendrá que ver también. El resultado del esfuerzo. Con el día tan claro que hacía, desde esa altura se podían ver las siete islas; se veían bien Gran Canaria, la Gomera, el Hierro y La Palma. De Fuerteventura se veía un pico, y Lanzarote más que verse se adivinaba allá a lo lejos. La propia isla de Tenerife, desde esa altura, parece una isla de juguete. Desde Anaga hasta Teno, desde Teno hasta Los Cristianos, un triagulito en el mar. La sensación que causan las islas, posiblemente porque no tienen plataforma, es que estén flotando en el océano.

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Vista de la sombra del Teide al amanecer. La sombra en este momento “pincha” la isla de La Palma.

Se ve nacer el sol no por el océano sino por la otra isla, Gran Canaria; se va percibiendo la isla como el centro de un gran resplandor que aumenta con los minutos, resplandor que explota cuando el sol asoma.

Eso sí, a semejante altitud y a esas horas,… hacía bastante frío, sobre todo cuando se exponía uno en la vertiente que sopla. Estuvimos arriba un buen rato, yo diría que algo más de una hora, y se nos pasó volando.

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Un rato después del amanecer, vista desde el cráter del Teide hacia el sur. Se ven tres islas: la Gomera, el Hierro y La Palma.

Tras semejante “atracón de belleza” ya nos fuimos para abajo. Seis bajamos en el teleférico, y cuatro se animaron a bajar andando. Los que habíamos bajado en el teleférico les esperamos tranquilamente en el parador nacional, tomando un café con “leye y leye” y alguna otra cosita.

Llegamos a casa a las doce y media aprox, y tuvimos Misa a las dos menos cuarto, antes de comer. Y a partir de ahí, siguió el plan normal del curso anual…

Aunque me vuelvo ya para la península, haré otra entrada con algunas otras cosicas interesantes…

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Acerca de Juan

Con los ojos abiertos, ¡y con poco tiempo!
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