@ArnaldoOtegi, el hombre de paz

El horror no tiene justificación. Y el arrepentimiento nunca pone un “pero” después de la palabra “perdón”. C. S. Lewis, en un ensayito titulado precisamente “El perdón”, hizo ver con su habitual maestría que muchas veces, cuando las personas pedimos perdón, en realidad no queremos que se nos perdone sino que se nos disculpe. Matiz interesante; buscamos que alguien nos diga que no ha pasado nada, que nunca ha existido culpa. El problema de esto, añade Lewis, es que no produce curación porque la culpa sigue estando presente, por mucha tierra que se le quiera echar encima; sólo la dinámica positiva de arrepentimiento – perdón es sanadora.

Recientemente Arnaldo Otegi ha ofrecido una entrevista en la que dice reconocer el daño causado, y a renglón seguido y sin ningún pudor ha vuelto a justificarlo. No pide perdón; pide que se le disculpe porque había que hacerlo. En sus declaraciones se puede ver el brillo de alguna nota positiva: habla de dolor ocasionado por la banda, de heridas profundas y ha mencionado la palabra perdón. Pero por desgracia…

Se lamenta Otegi de que cada vez que el entorno de ETA (entorno multifacético) da un paso en la dirección correcta, se le piden más, y más y más… Pretendiendo con ello presentarse como un actor más en la vida sociopolítica, en plano de igualdad con el Estado: yo doy un paso, tú tienes que dar otro. Para abordar correctamente la cuestión del desarme de la banda y la curación de heridas, hay que darse cuenta de que ETA está en un paradigma distinto al de la sociedad democrática. Y es que el paso único y definitivo que se pide a ETA (representada por Otegi), es que sus miembros reconozcan y asuman su condición de asesinos, sin justificaciones, sin excusas, sin echar el balón fuera. ETA mata simplemente porque decide matar (cfr. Fernández, Gaizka; “La voluntad del gudari”), no porque haya una confrontación o conflicto de ningún tipo. Quiere alcanzar unos objetivos sociales y políticos, construye un “relato”, divide a la sociedad en buenos y malos, y comienza a matar. Así de simple, así de terrorífico.

¿A Otegi le falta empatía?. Sí, y le sobra cinismo. Afirma no haber sido consciente del nivel e intensidad del dolor provocado por ETA. Entonces, ¿por qué mataba ETA?. Y si Otegi fuera sincero, cabría preguntarse qué ha hecho para facilitar que se esclarezcan los asesinatos, varios cientos, que todavía están sin resolver: tras sus declaraciones, la Asociación de Víctimas del Terrorismo ha dicho, con un llano sentido común, que Otegi debe colaborar con la justicia y dejarse de palabrería. La empatía es la capacidad para ponerse en la piel del otro, y se da desde el corazón. No soy quién para juzgar la conciencia de nadie, pero me cuadra que una persona que ha colaborado directamente con el terrorismo, que se le ha probado un secuestro con amenaza de muerte y se le han achacado varios más, haya necesitado construir su personalidad desde la incapacidad para ponerse en la piel del otro, como medida de autodefensa emocional. La cuestión es que él y su entorno sí eran conscientes del dolor, y era precisamente lo que buscaban.

Justifica el daño causado diciendo que estaba en las trincheras, frente a un supuesto “ataque del Estado”. Triste y falaz justificación, habitual en el imaginario etarra: el famoso e inexistente “conflicto”. Nadie en sus cabales puede hablar de un ataque del Estado; ni siquiera aduciendo la existencia del GAL, de infame memoria, activo del año 83 al 87. ETA comenzó a matar en el año 68, produjo más de 390 víctimas antes del año 83, y su actividad nunca, ni antes ni después, tuvo nada que ver con el GAL. Ya escribí algo sobre este tema, al hilo de un supuesto e inexistente “terrorismo de Estado”.

Otegi asegura que ha pedido perdón a las víctimas. Quizá se refiera a lo que escribió en un libro desde la cárcel, en el que afirmaba pedir disculpas (no perdón) si, como portavoz del entorno etarra, había añadido sufrimiento a las víctimas. Como si todo estuviera zanjado. Querría saber cuándo ha pedido perdón, cómo lo ha hecho y, sobre todo, a quiénes lo ha pedido; por ejemplo, ¿qué acercamiento intentó el hombre de paz con Luis Abaitua, cuyo secuestro se le probó judicialmente, o con sus familiares?.

Dice que ETA ha manifestado su intención de abordar su desarme total. Pues nada, si quiere desarmarse, que entregue las armas. No parece tan difícil. Y si alguien le ve dificultad, deberá explicar el por qué, sin retórica. ¿Será quizá que en la cárcel hace frío?; aunque, claro, nadie habla del frío que hace en los cementerios.

Denuncia Otegi el supuesto interés que existiría en imponer un relato de parte tras el fin de la actividad de ETA. Es mentira. Rotundamente: mentira. Lo único que interesa es no admitir el “relato” que ETA se inventó hace decenios y que ha querido imponer a sangre y fuego. No es cuestión de relatos, sino de realidades que se pueden resumir en una “terapia de la verdad”: reconocimiento del daño causado, satisfacción moral de las víctimas, condenas judiciales y, ojalá, reinserción. El olvido que conlleva el perdón no es amnesia: eso sería antinatural y absurdo. La historia es la historia y, aunque no se puede cambiar, sí puede haber una sanación de la memoria, que ha de darse necesariamente desde el reconocimiento de la verdad. Si no se hace así, las heridas cierran en falso. Hay que fijar la historia con verdad, precisamente para que la memoria pueda relajarse y olvidar; el entorno etarra pretende justo lo contrario: falsear la historia, ese es el significado que en su boca toma la palabra “relato”.

Con respecto a la forma mentis del hombre de paz, por un lado dice que ETA toma la decisión de cesar su actividad porque ya no la puede mantener, no porque haya una derrota. ¿No se puede mantener pero antes se podía ejercer?; es decir, el cese de la actividad no es para él más que una cuestión táctica, cuya utilidad viene precisamente de que la presión policial les ha acogotado. Por otra parte, afirma que los demócratas querríamos que siguiese habiendo una actividad de baja intensidad, para mantener un escenario de no sé qué cosas. Para quien todo es táctica, resulta incomprensible que algunos, sea cual sea nuestro ideal político, rechacemos de plano la violencia, venga de donde venga.

Francisco hace una distinción entre pecado y corrupción. Todos (yo el primero) somos pecadores, pero no todos somos corruptos. Van algunas citas: “El corrupto no puede aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, busca disminuir cualquiera autoridad moral que pueda ponerle en tela de juicio”, “la corrupción se expresa en una atmósfera de triunfalismo porque el corrupto se cree un vencedor”, “el corrupto no conoce la hermandad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad”, “las formas de corrupción que se necesitan perseguir con mayor severidad son aquellas que causan (…) cualquier tipo de obstáculo que interfiere al ejercicio de la justicia con la intención de procurar la impunidad de los propios delitos o de terceros”.

Hay personas que han sido de ETA y lo han superado, han reconocido sus crímenes, han pedido perdón y se han reinsertado verdaderamente en la sociedad. Ojalá todos lo hagan, también el hombre de paz. Pero está lejos de eso: si realmente quisiera que se cerrasen heridas, se retiraría de la vida pública.

@jgvaquero

Enlaces interesantes sobre este tema:

Blog de Gaizka Fernández, autor de “La voluntad del gudari”.

Artículo de Javier Marrodán: El espejismo posterrorista.

Otra entrada de este blog sobre el falso terrorismo de Estado: no todos los crímenes son terrorismo.

Otegi dice en la SER.

Discurso citado del Papa Francisco.


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