Los cacharros – #microcuentodenavidad #FelizNavidad

Tras varios minutos de silencio, abrió lo que hasta ese momento parecía un nudo pero que, en realidad, era su ojo. Echó un vistazo alrededor. Sí, era el momento.

La cuchara de palo se irguió a duras penas y fue dando saltos sobre el extremo, haciendo equilibrios para no caerse. Se acercó a la olla y, con su cabezota, le dio unos golpes suaves.

— Psss, ¡eh!, no disimules, gorda.

Al oir el piropo, la olla reaccionó inmediatamente.

— ¡Vaya!, ¿conque gorda?. Habrase visto el palitroque este… ¡ni que fueras tú de Meneses!.

— Venga, calla. No está José, María se ha dormido y, con el trote que lleva, seguro que no se despierta.

Fueron ambas, una brincando y la otra rodando, hasta la cuna. “Venga, arriba”, le dijo la cuchara de palo a la olla.

— ¿Qué?, pero, ¿y luego cómo bajamos?.

— ¡Deja ya de poner pegas, anda!. Si estuviéramos siempre agobiados por lo que viene después, ¡no haríamos nada!, y esto merece la pena.

Dicho, y hecho: Astilla le dio un empujón a doña Oronda, y la colocó al lado de Jesús. Luego pegó un brinco y, mal que bien, consiguió encaramarse también a la cuna.

Jesús estaba despierto; dejó de chuparse los dedos y se les quedó mirando con sorpresa. Como era un recién nacido, todo le sorprendía. Los cacharros pusieron una sonrisa bobalicona e intentaron hacerle cucamonas al chaval, hasta que a Jesús se le iluminó la cara, soltó una risa bajita y sucedió lo que tenía que suceder —se ve que la cuchara y la olla tenían cerebro de cacharro de cocina, no más—: lanzó la mano y agarró a Astilla por la mitad del mango. Doña Oronda se asustó tanto que abrió mucho las asas y se puso boca abajo, de manera que Jesús lo tuvo muy fácil.

No sé si los tambores ya se habían inventado entonces pero, si no, doña Oronda fue el primer tambor de la historia: “¡clan, clan, clan…!”. Y María se despertó, claro está.

— Pero ¿qué ruido es ese?.

José entraba en ese momento por la puerta de la choza.

Astilla cerró el ojo y se puso tiesa. Doña Oronda no tuvo que hacer mucho, porque se había quedado paralizada. María los tomó y los devolvió a su sitio.

— Pero… María, si no le has dado tú esos cacharros a Jesús, ¿cómo han llegado ahí?.

Astilla, con el ojo cerrado, se reía por dentro y daba gracias a Yahvé porque Jesús la hubiera tenido un ratito en la mano. Y doña Oronda, aunque le costase reconocerlo, estaba también muy contenta por haber estado al lado del Niño.

La cuchara tenía razón: la travesura había merecido la pena. Y es que, siendo nada más que unos cacharros, y precisamente por eso, habían conseguido hacer reír a Jesús.

Acerca de Juan

Con los ojos abiertos, ¡y con poco tiempo!
Esta entrada fue publicada en Microcuento y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Los cacharros – #microcuentodenavidad #FelizNavidad

  1. Un cuento muy ingenioso, agradable y apropiado para este tiempo tan cercano a la Navidad.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s